MENAS, entre el desamparo y la esperanza


Bajo el frío e insensible epígrafe de MENAS, se esconden las historias de niños que se convierten en hombres demasiado rápido. Llegan a España persiguiendo un sueño, se ven envueltos en una burocracia atroz que les engulle, en algunos casos, y cuando cumplen los temidos 18 años pasan a caminar por la difícil cuerda de la supervivencia.


Autora reportaje:

Están solos, sin familia, y de ellos depende su propio camino
Adil El Asnaui, de 19 años. Marruecos (M. P.)
Lamin pasó dos meses en un centro de menores, tutelado por la Comunidad de Madrid. Es en este tiempo en el que debe iniciar su regularización jurídica ya que como señala el informe de 2009 del Consejo General de la Abogacía Española (CGAE) y Unicef, Ni ilegales, ni invisibles, realidad jurídica de los Menores Extranjeros en España, “la tutela supone un momento decisivo para el menor, ya que si no se pone en marcha, no es posible comenzar los trámites de regularización de su residencia. Por tanto, condicionará en un futuro su permanencia en nuestro país”. Y los papeles son siempre el mayor de los problemas para todo inmigrante. De hecho, muchos de los informes consultados apuntan en esta dirección, como el del antiguo Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, que describe: “Si estos menores salen de los centros sin que haya concluido su proceso de regularización, se verán imposibilitados para una incorporación al mercado de trabajo, viéndose abocados a la delincuencia y la marginalidad”. Y son muchos los que salen sin culminar este proceso.

La asociación LaCalle, con Fernando Saleta, o Tato, como le llaman ellos, en el corazón y la fuerza de ésta, ha ayudado a centenares de menores en su proceso de adaptación, y en especial ha tenido cuidado de que una vez cumplidos los temidos 18 años no se queden desamparados. Disponen de pisos de transición, se preocupan de conseguirles los permisos, y procuran que los chicos estudien algún curso de formación. Lamin cayó en sus manos, regularizó sus papeles, aprendió los entresijos del mundo de la electricidad y hasta logró un empleo. Pero, como a muchos, la crisis le cercionó el camino hacia su sueño: le dejó sin empleo y en una situación un poco precaria. “Hoy mismo me caducan los papeles y para renovar necesito un contrato”, cuenta angustiado.


Djnril  Diawara (M.P.)
En Bilbao, Adil El Asnaui, de 19 años, y nacido en un pequeño pueblo de Marruecos, acude regularmente a la Fundación Adsis a un curso de frigorista desde el pasado septiembre. Proviene de una familia de siete hermanos y trabajadora en el campo. Él apenas pudo estudiar en el colegio. Llegó hace un par de años en los bajos de un camión a Algeciras, y de ahí peregrinó por varios sitios hasta recalar en Euskadi. No habla mucho, pero no deja de observarlo todo. Sabe que se está labrando un futuro. “No pienso volver. Allí no hay nada”, dice en un castellano algo precario. Adsis es una de las organizaciones que pretende facilitar la incorporación sociolaboral a través de la formación, cuenta con unos 60 cursos al año, de los cuales el 90% de sus alumnos son inmigrantes. “Hasta el año pasado, la mayoría salían con un empleo, te los quitaban de las manos. Ahora hay que intentar apoyarles y pensar en que todo cambiará”, cuenta Juan Cruz, educador sociolaboral de la Fundación.

Pero donde de verdad las cosas brillan y hay esperanza es entre los integrantes de las Asociación Hechos de Burgos. Es una especie de oasis en medio del desierto. Massar Beng, de Senegal, tiene 20 años, es despierto, espabilado y su cabeza bulle de ideas. Junto con su amigo Djiby Diagne, forman un tándem perfecto para cualquier proyecto. Como el de Hermano Mayor, amparado por la asociación, que pretende crear esa figura paterna que tanto les falta a los chicos que están a su cargo y además contar su experiencia a jóvenes como ellos. Se han convertido en tutores. “Aquí se les enseña que deben pasar de ser ayudados a ayudar. Los pasos son soñar, aprender, emprender y transformar”, cuenta Jordi Salvador, una de las almas de esta ONG junto a Simón Menéndez, que además apunta en un artículo: “Por medio de nuestro trabajo e inversión en el campo de emprendimiento social como método socio-educativo, Massar, Djiby y Pape (hermano de éste) se han convertido en emprendedores, han co-creado junto a otros de sus compañeros en Hechos, la primera comunidad autofinanciada de Castilla y León (CAF), donde jóvenes pueden acceder a pequeños créditos para como dice Massar: tapar agujeros”.


Situación actual

Mamadou Samassa (M. P.)
“A pesar de que se ha avanzado en muchas cosas muy positivas, por ejemplo, ya no hay repatriaciones de menores, y existe un mayor control por parte de las administraciones, aún quedan cosas por mejorar”, apuntan desde el Defensor del Pueblo. De hecho, uno de los escollos aún por salvar es la puesta en marcha del Registro de Menores Extranjeros. Está aprobado y reflejado en la actual Ley de Extranjería, de hecho, una reciente circular de este año de la Fiscalía General del Estado (1/2012) dicta una instrucción para determinar que se tendría que hacer. Esta laguna “impide conocer, de una manera certera y fiable, la cifra real de MENAS sujetos a sistemas de protección autonómicos, así como su estado administrativo desde una perspectiva documental”, señala el informe del CGAE. “Sin eso, nada tiene sentido. Si no sabes cuantos menores hay y dónde están registrados, todo lo demás es bastante absurdo”, recalcan fuentes del Defensor del Pueblo.
Tras el frío e insensible epígrafe de MENAS se esconden historias de niños que se convierten en hombres demasiado rápido. Lamin, Adil, Massar, Djbril, Mamadou, Sadika, Seydou… nombres y más nombres que se añaden a la lista sin número. Que han pasado de creer en un sueño a intentar cumplirlo. Aunque por el camino se hayan dejado una niñez que debiera haber sido diferente. Ahora están solos, “aquí no tenemos familia, ni a nadie, tú mismo debes luchar por tu supervivencia en un país diferente”, termina Lamin, quien sabe que esa llama que un día se prendió, hoy se está apagando.



Mahamadou Sissoko (M.P.)
Djnril  Diawara. Mali, 20 años.- No sabía nadar, jamás había visto el mar, su familia trabajaba en el campo, en el interior del país. Cuando su hermano mayor le dijo que se fuera a España a estudiar y encontrar un empleo, él lo hizo. Tenía 14 años. El viaje fue en patera desde Mauritania hasta Canarias, tres días. Pasó tanto frío que cuando “un barco grande” los rescató tuvieron que cogerle en brazos porque no podía mover los pies. Estuvo un año allí y luego lo trasladaron a Madrid, a un centro de menores. Corría el año 2006, cuando miles de inmigrantes aún se jugaban la vida para llegar al supuesto “dorado”. Fue a parar con el colectivo LaCalle, por entonces una de las pocas asociaciones que gestionaban la ayuda a menores, y que se volcó en intentar que encontrara su propio camino. Pero Djbril ha tenido muy mala suerte. Cumplió la mayoría de edad con los papeles caducados, y aún después de tanto tiempo sigue igual. La policía le ha parado incontables veces. Malvive en un piso con seis personas más, sin trabajo, sin casi dinero. Alguna madrugada logra que le paguen cinco euros por descarga en Mercamadrid. Ha pensado en volver, pero sigue indocumentado. No sabe para dónde tirar, hoy, su sueño de estudiar para ser jardinero, que es lo que le gusta, aún está muy lejos de hacerse realidad.


Mamadou Samassa. Mali, 22 años.- Quiere ser carpintero, y lleva más de dos años estudiando. Ha hecho alguna práctica en una empresa, pero por ahora no ha encontrado nada de lo suyo. Salió del pequeño pueblo de Nioro, de apenas 400 habitantes, junto a su primo Lassana para intentar llevar algo más de dinero a casa. Su padre falleció cuando él tenía 7 años, dejando a su madre y a sus siete hermanas solas. Para Mamadou eso pesaba mucho, el único varón, debía salir a buscar trabajo. Un primo suyo que vivía en Europa le dejó los mil euros que costaba el viaje en patera y se embarcó con 55 personas más. Por suerte, lograron llegar a Canarias y de ahí al periplo habitual y tedioso de los que les llaman MENAS. No le ha ido tan mal. Ahora vive en Madrid, en un piso amparado por asociación La Merced, que les ayuda hasta que logran emanciparse.
 

Mohamed ben Daoud (M. P.)
Mahamadou Sissoko. Mali, 21 años.- Es callado y tímido y apenas expresa sus sentimientos. Pero su complexión alta y fuerte, con unas manos poderosas, le han ayudado a abrirse un camino en el mundo de la albañilería. Es de lo menores que ha tenido suerte desde el principio. Su viaje fue más o menos corto, tres días desde Mauri-tania, y a pesar de que vino lleno de heridas y herpes producidas por la sal del mar, apenas pasó por los centros de Canarias. Enseguida lo trasladaron a Burgos y fue a parar a la asociación Hechos. Fue de los primeros diez menores que acogieron y desde donde han tejido una red para ayudarse unos a otros (ver el texto). Él ha podido estudiar, especializarse, conseguir un trabajo e independizarse. Ahora está en el paro, su jefe, que le quería como a un hijo, tuvo que cerrar la empresa, pero Mahamadou no sufre, sabe que sus amigos le apoyarán.


Mohamed ben Daoud. Marruecos, 23 años. En seis años ha conseguido lo que muchos otros en diez o más. Trabaja como soldador en Bilbao, tiene su propio coche, y vive en un piso que él mismo se paga junto a otros amigos. Mohamed es un chico despierto que sabe muy bien cómo desenvolverse en la vida. Lo aprendió desde muy pequeño cuando supo que tenía que salir de su pueblo, Alnef, en Marruecos para seguir mejorando. Apenas pidió dinero a nadie, “hacía algunas cosillas por las tardes y con eso fui ahorrando”. Se fue a Tánger, y después de cuatro intentos pasó en lo bajos de un camión en un ferry a la Península. Cuando llegué me entregué a la policía y ellos me llevaron a Loio, donde estuve un año”. Enseguida le buscaron un trabajo y desde entonces no ha parado. “De momento, tal y como están las cosas tengo lo que quiero”, cuenta con una sonrilla. Seguro que seguirá creciendo.

Sadika Diallo (M.P.)


 Sadika Diallo. Guinea Conakry, 18 años.- “Si algo te sale mal, debes tener paciencia. Al final lo conseguirás”, cuenta Sadika con un español un tanto precario. Lleva en Bilbao apenas un año. El primer autobús que salía de Málaga le llevó a esta ciudad del norte donde ha tenido suerte. Pasó unos meses en el centro de menores, de ahí a un albergue de transición y ahora vive en un piso compartido, “y no sé hasta cuando. Lo que decida el azar”. Está estudiando un programa de formación de la Fundación Adsis (ver texto) para manejar frigoríficos y electricidad, “tienes que buscar, sino sales por el pescado él no vendrá a ti”, asegura riendo. Sabe que el destino le ha llevado hasta aquí y confía en él para ver qué pasará mañana. Se siente centrado, sin nada que le distraiga, y quiere conseguir lo que vino a buscar: mejorar su vida.
Djiby Diagne (M.P.)


 Djiby Diagne. Senegal, 21 años.- Aparenta mucha más edad de la que dice tener. Habla con propiedad, conoce lo que hay que hacer y tiene claro cómo lo quiere. El caso de Djiby, junto a su compañero Massar Beng, es el ejemplo de la perfecta integración que tanto prodigan los estudios institucionales. Él vino como uno más, con 17 años, en patera, sufrió la incertidumbre de los centros y del qué pasará, pero lo trasladaron a Burgos. Con la asociación Hechos ha soñado con un mundo mejor en el que poder cambiar las cosas desde dentro, le han dado la formación necesaria, y ahora no sólo tienen varios proyectos en marcha para ayudar a los demás (ver texto), sino que ha logrado empezar a transformar su entorno social. Ha pasado de ser educado, a ser un educador, algo así como el “hermano mayor” al que todos tienen como referente. “Esto es como una gran familia, todos nos ayudamos, y procuramos estar por encima de las expectativas que los demás se han hecho de ti por ser un ex Mena”.


Seydou Ly (Heriberto Paredes)
 Seydou Ly. Senegal, 22 años.- Es el menor de seis hermanos, todo chicas. Desde los 11 años que dejó de estudiar, ha trabajado en el mar para intentar ayudar a su madre. Veía como salían los cayucos y pensaba: “Algún día me iré con ellos”. Fueron cuatro años de espera y tres intentos. Como sabía nadar y navegar, no pagó nada por un viaje que ronda los mil euros. Pero eso no le salvó de cinco días, a la deriva, con la comida y el agua que se iban acabando y cien personas en una misma barca. “Mi madre ya me decía que no fuera, pero yo lo tenía claro”. “Tengo el título de mecánico de motos, y nunca he trabajado de lo mío. He repartido publicidad, de cartero, pero nada. Apenas nos llega, tenemos que ir al banco de alimentos para comer. Piensas: soy joven, ¿qué hago aquí sin un empleo? Claro, se me ha pasado lo de volver, pero está muy duro”, cuenta tímidamente Seydou.